Los siguientes textos son recopilados del libro "Paisajes del Cielo Inferior" publicado por Joel González y Editorial "Una casa de cartón" en Julio del 2026.
YO VI CUANDO CASZELY PERDIÓ EL PENAL
Yo vi cuando
Caszely perdió el penal.
Frente a la
pantalla en blanco y negro
no había
espacio para la dictadura ni para las tareas de la escuela.
Caszely
concentraba su mirada en el balón
cavilando en
cual de los ángulos del pórtico
clavaría su
certera estocada.
Eso era solo
un ejercicio para el Rey del metro cuadrado
quien
acostumbraba a dejar algunos segundos
de silencio
paralizante para atemorizar al portero.
En su crespa
cabeza fría
no había
espacio para el operario del matadero,
la casera de
la vega chica,
los presos
políticos,
ni para mis
ojos que por un instante se cerraron
al mismo
tiempo que apretaba mis puños
como en
señal de paroxismo religioso.
Tenía ocho
años cuando Caszely perdió el penal
y sin
divagaciones intelectuales creía firmemente que la fe
era un
depositario intermitente
de las
esperanzas colectivas,
sin embargo,
a pesar de ello
el Chino
desvió su suerte y dejó de ser para nosotros
la única
esperanza vigente capaz de hacernos olvidar
por un
instante
que la
miseria y la muerte
eran el pan
que silenciosamente se engullía
en las
húmedas casas de mi país.
POZA PARAÍSO 1980
La extensión del paraíso
era delimitada al sur
por el acceso a la poza
bajando desde calle Andrés Bello.
Al norte era el sauce más frondoso
el que señalaba el antiguo ingreso
para ángeles y querubines
que con sus flotadores y hawaianas
se apropiaban de la eternidad de aquél verano.
Algunos postulantes al paraíso
esperaban su turno haciendo patitos desde la orilla,
mientras otros lo hacían contando los pirgüines
atrapados en una oxidada lata de conservas.
RAIN IN THE WEST
Cuando algo de sol aún brillaba en las pistolas
y al sentirse rodeado por tantos tipos de armas tomar,
bajó la guardia,
miró en sus ojos una nube vacilante
y como si fuese un último deseo
lentamente, casi con arrogancia, encendió un
cigarrillo,
se sacudió las botas y las gotas de whisky de la
barba.
Unos minutos más tarde su cadáver
sería arrastrado por un caballo chúcaro
para escarnio de todo el pueblo.
Sería la primera lluvia del año en el oeste,
la primera desde la gran sequía,
la primera antes de que me decidiese
a apagar la
televisión.
El NEGACIONISTA
No importa lo que digas
hubo un contexto,
se trataba de una
guerra
contra una horda de
marxistas
que estaban reventando
el país,
fue absolutamente
justificado,
había que exterminar a
los vínculos sediciosos de la URSS,
todos ellos bien
muertos están,
repartían armas a los
niños en las poblaciones,
el Plan Z estaba a la
vuelta de la esquina,
esa manga de cobardes
huyó a pie por el paso
los libertadores,
los únicos muertos
fueron nuestros valientes soldados que jamás,
pero jamás usaron sus
armas sin el fin último de abrazar a la patria,
si no, pregúntele a La
Segunda.
ZONA DE SACRIFICIO
1
La escuela cerró sus ventanas
mientras la invisible pestilencia química
recorría sus pulmones.
Un sudor frío
abrazado por la náusea
les recordaba que el azul del cielo visto desde el patio
era perforado por una gran chimenea gris
que escupía hollín sobre los techos del pueblo.
La conjunción de gases de origen desconocido
fragiliza aún más
sus diminutas existencias
atravesando con dagas de dióxido de azufre
los pequeños cuerpos desde siempre contaminados.
A los abuelos se les
habló de empleo y prosperidad
cuando unos señores de negocio
y otros súbditos de algún gobierno
desperdigaron el
gris sarcófago industrial
sobre la floreciente bahía,
sin mencionar
que la riqueza de unos pocos
siempre es a costa
del sacrificio de otros tantos,
otros y otras que en la bahía
veían obscurecer la arena
con residuos de carbón
mientras los pescadores
perdían sus redes
en el espeso petróleo.
2
En mis células se estancan
residuos de material
particulado,
vinieron
probablemente del aire,
del agua de los pozos
o de la tierra de la
siembra,
transitan por el
torrente sanguíneo
hasta alojarse en mis pulmones
y comprimir la
respiración
con sedimentos de
hollín.
Vivo hace 40 años a metros de la caleta,
he visto morir a
varios vecinos
mucho antes de que
sus hijos
pudieran contener en
un abrazo
el anuncio de su
partida.
Recuerdo mi cuerpo
cubierto de carbón
cada vez que me
sumergía en la playa
para extender los
brazos
en el medio de la
espesa marea
buscando el escamoso
cuerpo
de mi sirena
predilecta.
Hoy levanto la cabeza
y las fumarolas de
las inmensas chimeneas
no dan alternativa al
aire
que huye buscando
otras bahías
abrazadas por mejores
valles.
Mañana vendrán
ministros con inservibles anuncios
escoltados por
representantes de una nueva multinacional
que prometen
pavimentar el viejo pasaje de tierra
y regalar camisetas
para el próximo campeonato.
REDOLÉS
Redolés cantaba su prédica dominguera
antes de dar de comer
a ese enorme gato
blanco llamado supertanker
¿“qué será de mi torturador, qué será de mi torturador”?
Mauricio, asumo que coincidimos
en que no hay
respuesta legítima
para entender que los torturadores de muchos
sigan gozando de
los privilegios
de un selectivo anonimato
y de la inoperancia vergonzosa
de la justicia,
es así como se les puede ver
arqueando sus
espaldas
para dar de comer a las palomas en una plaza pública,
como almaceneros
en el negocio del pueblo,
comprando papas fritas para sus nietos en el patio de
comidas,
trabajando en un ministerio,
militando en un partido político,
paseando por los pasillos
de algún municipio,
dorando sus espaldas
en las arenas de una exclusiva playa,
apostando a las carreras de caballo,
bebiendo hasta perder la conciencia,
recibiendo la comunión
y donando el diezmo,
trabajando de guardia de seguridad
en un centro comercial,
trasladando a sus olvidadas víctimas en un taxi
hasta el mismo domicilio
desde donde fueron secuestradas
para ser llevadas a punta de patadas
al subterráneo mal oliente
de alguna casona santiaguina.
¿Qué será de mi torturador?
¿Qué será de mi
torturador?
era la antífona de Redolés
antes de continuar
con ese Blues capitalino
oriundo de un bello barrio,
probablemente su torturador
seguirá acomodado
a la conveniencia del caprichoso olvido
o estará sumido bajo un impulso suicida
tras la abrupta develación
de su profunda bestialidad,
quizás mirará a sus vecinos
con esa orgiástica sonrisa
que cristaliza su desdentada boca
cada vez que recuerde
con sentida nostalgia
los electrodos en los testículos
de algún marxista mal parido.
Fotografías, gentileza de Patricio Quiroz

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